domingo, 5 de noviembre de 2017

"Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez








Verdad de perogrullo sea dicha que los clásicos son de referencia inagotable en el universo de cualquier lector insaciable. La pregunta ineludible, en la celebración de sus 50 años de publicación: ¿Qué no sea ha dicho de Cien años de Soledad?  La han elogiado y vitoreado como “El Quijote de nuestro tiempo” (Neruda), “La gran novela, no sólo de nuestro tiempo, sino de todos los tiempos” (Borges), “Un descubrimiento de la literatura en América latina” (Rushdie); incluida dentro de los 100 mejores libros del siglo XX según el diario Le Monde, igualmente reconocida como obra inigualable de la literatura en lengua castellana por la Real Academia de la Lengua Española etc., Por el otro lado, también abundan las críticas y los vituperios de algunos escritores contaminados de envidia como Miguel Ángel Asturias y Fernando Vallejo, quienes señalaron que la obra era un plagio que se parecía mucho a la novela “En búsqueda de lo absoluto” del francés Balzac, por la semejanza con el espíritu científico de José Arcadio Buendía y el taller de pescaditos de oro de su hijo Aureliano (Sobre todo Vallejo, quien en sus Peroratas opina burlonamente acerca de sus “chismes de cocina” y su “prosa pobre” no digna de los grandes prosistas de América). En cuanto a mi persona, quiero decir que la leí a medias hace muchos años en el bachillerato y no me produjo ningún sentimiento significativo; mi segunda lectura me descubrió terminándola en menos de diez días y grabando en mí recuerdo episodios dignos de recordación. El caso es que nadie va a discutir la trascendencia, la ruptura, el antes y el después, de ésta novela para las generaciones posteriores y para sus contemporáneos.

Es irónico que García Márquez haya sufrido demencia senil en sus últimos años de vida, pienso yo, quizá algo de la peste macondiana del insomnio se le habrá contagiado y no le permitió llevar a fin sus empresas literarias después de “Memorias de mis putas tristes”. Pero con esto no voy a juzgar negativa o sardónicamente Cien años de soledad. En mi opinión planeo destacar lo bueno, lo positivo, los interrogantes y las grandes incertidumbres que genera la re-lectura de un clásico de la narrativa española.   

Primero que todo, admiro el genio que consiguió el autor al comprimir un siglo de acontecimientos cotidianos, un período de 100 años, en un único libro. Jugar con el tiempo, ensancharlo o comprimirlo, se establece como estrategia usual en las técnicas literarias de las vanguardias en el siglo XX. Por ejemplo, Joyce consigue alargar y estirar el tiempo, al narrar las peripecias de Stephen Dedalus en El Ulises, un libro de 800 páginas que hace alegoría a La Odisea, usando como fondo las 24 horas de un día. En el caso de Cien años de soledad, la sucesión comprimida de las siete generaciones (que tal vez obedezca a los siete pisos de la torre de Babel) me ha sugerido la pregunta: ¿El tiempo allí es lineal, circular o va en espiral? En entrevistas concedidas en los años setenta, García Márquez advertía que el ritmo temporal en El Coronel no tiene quien le escriba y El Otoño del Patriarca “se mordía la cola”, de tal modo que cualquier interpretación vulgar objetaría hoy que todos sus libros caen en un irreversible círculo vicioso. La idea no me parece tan descabellada, teniendo en cuenta el vicio familiar de “hacer para deshacer del coronel Aureliano Buendía con sus pescaditos de oro, Amaranta con los botones y la mortaja, José Arcadio con los pergaminos y Úrsula con los recuerdos”. Igual que el tiempo de las culturas indígenas pre-hispánicas, el tiempo es cíclico en la obra narrativa del nobel colombiano. Al punto que en Cien años de soledad el círculo se cierra con la destrucción inevitable de Macondo:

“La historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje.”
“El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas.”

Influido por la obra de su maestro William Faulkner, obviamente las referencias bíblicas aparecen por doquier: el éxodo de la familia Buendía, la ascensión a los cielos de Remedios la bella, la levitación del padre Nicanor al beber chocolate, el paraíso amoroso vivido por la tía Amaranta Úrsula y el sobrino Aureliano Babilonia, el pecado original representado en la transgresión de la prohibición universal del incesto, los pergaminos de Melquíades que semejan las sagradas escrituras como destino inexorable de la desaparición de un pueblo decadente, la destrucción apocalíptica de Macondo o el “Huracán bíblico” etc., Los grandes biógrafos y expertos en la obra de Gabo sabrán más acerca de todas las relaciones intelectuales escondidas en dicho libro producto de tan refinada erudición.

La realidad histórica colombiana también se coteja allí, siendo la más mencionada por los historiadores y críticos literarios: las luchas y guerras partidistas entre liberales y conservadores a finales del siglo XIX, la modernización de Macondo (la llegada del gramófono, la pianola, el teléfono, el tren, el barco de vapor, el cine etc.,), la masacre de las bananeras, la cultura vallenata de la costa caribe, la soledad de los pueblos latinoamericanos etc., Por eso, buscar y descifrar signos y símbolos en Cien años de soledad, significa ir un paso adelante de las lecturas simples o ligeras de la familia Buendía privada del amor, la estirpe condenada a tener un descendiente con cola de marrano, del miedo a la guerra y la infinita tristeza del coronel Aureliano Buendía. Las emociones, los sentimientos y los placeres son vitales en el juicio valorativo que emite alguien sobre cualquier obra artística, pero en mi caso, ocupan un lugar secundario frente a la reflexión y el pensamiento que provocan los objetos del conocimiento. 


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